Violencia de género: la sangre de Cristo

La violencia de género sigue siendo un tema escabroso para muchos “cristianos,” que entre golpes de pecho culpan a las víctimas por el proceder de los verdugos.

¡Ay, la sangre de Cristo tiene poder! Es una de las frases con las que se persignan y claman al Señor –de los anillos- de los cielos, seguido de una: es que a saber ni en qué andaba metida por eso le pasó lo que le pasó. Por eso terminó así. Es que ya se veía venir, era una buscona. A una mujer decente no le pasan esas cosas. La culpable siempre es la víctima cuando de violencia de género se trata.

Ahí están las parvadas de sotanudos que cuando una víctima llega y confiesa que la violaron ellos le recomiendan rezar y perdonar al abusador, pero que no denuncie ante las autoridades terrenales porque será Dios el que se encargue de que él pague. Ajá.

Estos mismos recomiendan no decirle nada a nadie, porque está en juego el prestigio de la víctima. Que se lo guarde y que le pida a Dios resignación. “Pero hija, -porque se creen Tatas los desventurados- en cierta forma tú te lo buscaste por vestirte así, lo provocaste.” Y tantas razones que dan para hacer creer a la víctima que no es tan culpable el abusador.

Y si es la pareja la que la agrede física y emocionalmente aconsejan que lo perdone porque “él es padre de sus hijos” y que hay otras vidas de por medio, que él va a cambiar con el tiempo, que le tenga paciencia. Que le ruegue mucho a Dios porque él hace milagros y que no quiere ver hogares destruidos. Mientras tanto al abusador le aconseja que es bueno tener mano dura como cabeza del hogar pero que la modere. -¿Cabeza del hogar? Y ahí murió la flor. A botar pulgas a otro petate.

El mismo proceder en rabinos y pastores.

Eso en cuanto a los encumbrados que por teólogos se creen puros y castos. Pero en tema de la doble moral religiosa, de los prejuicios y estereotipos que pululan en nuestro día a día, el patriarcado y el machismo son fundamentales. Todo esto untado con el aceite de los santos oleos y agua bendita permite que solapemos la violencia de género en nombre del Señor.

Guardamos silencio, no nos involucramos porque “allá ellos ese es problema de pareja.” No debe existir consideración alguna cuando de violencia de género se trata. Debemos involucrarnos. Eso de orar para que se resuelvan las cosas es pura dejadez. No podemos dejar de buscar lo que es justo por miedo a los problemas que esto nos vaya a traer. Lo justo es la equidad y el respeto. Lo justo es que el abusador pague. Lo justo es evitar tragedias. Para eso tenemos que dejar de ser pasivos y apáticos. Para eso tenemos que dejar de darnos tres golpes de pecho, dejar de implorarle a los tres clavos de la cruz y a los santos y vírgenes, para eso tenemos que actuar. Acudir a la justicia terrenal.

No podemos tener el descaro de llamarnos pro vida y estar en contra del aborto, cuando vemos que hay tantas niñas violadas y que a consecuencia están embarazadas. Eso es inhumano.

Es inhumano y de doble moral saber que ahí frente a nuestras narices está un hombre agrediendo física y emocionalmente a su pareja y nosotros no hacemos nada por evitarlo. Sea nuestro familiar o no. Nuestro deber humano es denunciarlo. Nuestro deber humano no es orar, encender veladoras, guardar silencio, no es ir a contárselo en confesión al sacerdote o decírselo al pastor o al rabino, esperando que sean ellos como “iluminados” los que pongan orden.

Con el tema de la violencia de género y de inequidad, es nuestra obligación involucrarnos. Todo lo que es injusto, lo que mancilla, lo que tenga que ver con abuso es nuestra obligación denunciarlo. Combatamos la violencia de género actuando. Eso de que en boca cerrada no entran moscas es sermón de cómodos e indiferentes. Es letanía de dictadura militar.

Si tan creyentes somos pues oremos y a la vez actuemos. Invocar al “Glorioso” en asuntos de violencia de género es patético. Combatamos los feminicidios, los abusos sexuales, los embarazos a consecuencia. Si le toca ir al bote a un familiar pues que le toque, no podemos solapar porque exista un lazo sanguíneo de por medio. Eso es inmoral. La violencia de género de denuncia en el Ministerio Público o en una estación policial, y no en confesión con sacerdotes, pastores o rabinos.

En estos tiempos de cuaresma en que la mayoría anda con aires de santidad, es bueno detenernos a pensar en lo que estamos o no estamos haciendo para combatir la violencia de género. Dejemos los tres clavos de la cruz en paz, y también a los poderes de la sangre de Cristo. A lo que te truje Chencha. Nosotros con la justicia terrenal. El asunto de los cielos no es de nuestra jurisdicción, dejemos de andar buscando excusas –para zafarnos- para no involucrarnos. Eso de que calladitos nos miramos más bonitos vergüenza nos debería dar decirlo.

Nota: este artículo pertenece a la trilogía de Semana Santa. En la que también estánDe cachurecos y mojigatos hipócritas y La homofobia en nombre del Señor.

Fuente: cronicasdeunainquilina.wordpress.com

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